Paradójicamente, los detractores más implacables de las novelas policiales, suelen ser aquellas personas que más se deleitan en su lectura. Ello se debe, quizá, a un inconfesado prejuicio puritano: considerar que un acto puramente agradable no puede ser meritorio.
Museo: textos inéditos, Buenos Aires, 2002, p. 112